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Teslablog #17 - 2012-08-24T00:00:00

La afirmación

 

“En 1899, mientras experimentaba con receptores inalámbricos de extraordinaria sensibilidad, detecté unas débiles señales procedentes de Marte, nuestro planeta hermano. No pude interpretar dichas señales, pero parecían sugerir un código numérico, uno – dos – tres – cuatro”. Nikola Tesla, 1935.

Fantástico Tesla. No solo detecta débiles señales procedentes del espacio exterior, sino que identifica su origen –Marte– e incluso cree interpretar en ellas un mensaje numérico.  Un genio. Pero, una vez más, surge una duda: ¿qué Tesla es el que afirma esto? ¿el científico ingeniero riguroso hasta lo neurótico o el que aseguraba haber desarrollado un “rayo de la muerte”?

Demos el bien ganado beneplácito de la duda al serbocroata y asumamos que es cierto que nuestro inventor recibió esa señal mientras trabajaba en sus laboratorios de Colorado Springs allá por el verano de 1899. Ahora bien, en la afirmación de Tesla subyacen tres cuestiones que merecen contestación: ¿tenía la señal realmente un origen extraterrestre?, ¿provenía de Marte?, ¿encerraba realmente un código numérico?

 

¿De dónde viene?

 

Un argumento en contra del origen extraterrestre de la señal captada por Tesla se centra en que los receptores con los que experimentaba en Colorado Springs tenían un rango de sensibilidad entre los 8 y los 22 kilohercios (kHz), es decir, lo que se denomina VLF (very low frequency). Este hecho no sería importante si no fuera porque la ionosfera es completamente opaca a frecuencias por debajo de los 6 megahercios (MHz). De hecho, el rango en el que trabajan los radioastrónomos se encuentra entre los 6 MHz y los 30 GHz (gigahercios), es decir, varios órdenes de magnitud por encima de la sensibilidad de los aparatos de Tesla.

Así pues, cualquier señal del orden de los kilohercios procedente del espacio exterior quedaría completamente absorbida por la ionosfera terrestre antes de llegar a tocar el suelo de Colorado Springs. Para los receptores de Tesla la ionosfera se comportaba como una inmensa nube negra que no dejara ver las estrellas. ¿Acaba aquí el contacto extraterrestre del ocupante de la habitación 3327?

Tal vez no del todo. Diversos estudios en el ámbito de las comunicaciones empleando señales VLF han demostrado que para determinadas configuraciones del campo magnético terrestre coincidentes con épocas de un mínimo solar (en 1899 el Sol transitaba por un mínimo de actividad), junto a un cielo especialmente limpio en radioseñales (como era el de la época de Tesla) y siempre que el vector de propagación de la señal sea coincidente con la dirección de campo magnético terrestre (algo asumible para la señal de Tesla), en la ionosfera se abre una “ventana” a la radiación procedente del exterior centrada en la frecuencia de 18 kHz, precisamente la frecuencia en la que los detectores de Tesla eran más sensibles y presentaban una fuerte ganancia. Así pues, en aquellas noches verano tal vez la ionosfera no fuera tan opaca al Universo en baja frecuencia.

 

¿Marte o Júpiter?

 

Está bien, asumamos que la señal era del espacio exterior. Pero, ¿procedía de Marte, como aseguraba Tesla? Desde luego, el planeta rojo estaba en el cielo de Colorado Springs aquel verano de 1899, cuando Tesla miró al firmamento en busca de un posible origen para el “beep” que captaban sus antenas. Pero también lo estaban Júpiter y Saturno. Ambos gigantes gaseosos, pero especialmente Júpiter, son conocidas fuentes de emisión en radio. Júpiter emite periódicamente radio señales que van desde los 40 Mhz hasta el rango de unos pocos kilohercios (http://www.radiosky.com/rjcentral.html). Es muy común entre los radioaficionados “escuchar” el ruido de Júpiter, cuyos valores de emisión máximos parecen estar asociados a una determinada configuración del campo magnético joviano y la posición angular de su satélite Io.

En condiciones normales, la ionosfera absorbe cualquier señal joviana por debajo de los 15 Mhz pero, gracias a las medidas en VLF tomadas in-situ por la Voyager I, sabemos que las emisiones de Júpiter en el orden de los kiloherzios son consistentes con las señales captadas por Tesla, tal vez aprovechando la ventana atmosférica que le proporcionaba el mínimo solar.

Así que tal vez Júpiter fue el causante de la señal recibida por Tesla, y no el planeta rojo. En cualquier caso, si se pudiera confirmar el origen extraterrestre de dicha señal deberíamos añadir un nuevo hito en la historia de nuestro pionero favorito: la de ser el primer radioastrónomo de la historia.

 

¿Contacto Tesliano?

 

Quizás sea más difícil asignarle el papel de primer –y único– humano en contactar con una civilización extraterrestre. Es cierto que Tesla aseguraba apreciar un código numérico en la señal: beep – beep beep – beep beep beep (uno, dos, tres).  Pero, en realidad, esta es una configuración muy común en las señales recibidas procedentes del planeta Júpiter (http://www.teslasociety.com/mars.pdf), especialmente cuando se emplean receptores similares a los empleados por Tesla. Es habitual escuchar pulsos que pueden ser simples, dobles o incluso triples, con una separación de apenas un cuarto de segundo o menos, y en ningún caso son la prueba inequívoca de la existencia de un “lenguaje universal” basado en el código de los números naturales.

Es obvio que la publicación en 1895 del libro “Mars” donde su autor, el astrónomo Percival Lowell,  describía la existencia en Marte de una red de canales, así como la aparición de  “La Guerra de los Mundos” de H.G Wells apenas un año antes del supuesto contacto marciano, crearon un clima que ayudó a que Tesla se extralimitara al afirmar que aquello que escuchaba debía tratarse de una señal inteligente procedente de la civilización marciana al percatarse del nuevo estado tecnológico en el que entraba la humanidad (en parte gracias a él, por supuesto).

Pero, en cualquier caso, unos treinta años después, un ingeniero de los Laboratorios Bell descubría –también por casualidad– un emisión en radio procedente de la Vía Láctea, hecho considerado como el origen de la radioastronomía; y, en 1959, un joven radioastrónomo llamado Frank Drake comienza a utilizar una radioantena situada en Virgina para buscar señales inteligentes procedentes de dos estrellas similares al Sol y muy cercanas, lo que terminaría siendo el germen de un programa de búsqueda de vida inteligente llamado SETI.

No sabemos cómo lo hacía, pero Tesla siempre termina estando en el principio de todo.

 

 

 



 

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