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Teslablog #18 - 2012-09-07T00:00:00

Para el análisis de este teslablog hemos decidido reproducir íntegramente el artículo realizado por el prestigioso divulgador e historiador Terencio Fallacia acerca de la presencia del fraude en el mundo científico. El motivo de esta decisión reside en que el texto de Fallacia expresa perfectamente las ideas esgrimidas por Tesla en esta nueva entrega de su Teslablog. De hecho, lo hace tan perfectamente - casi frase por frase - que muchos analistas del legado del  serbocroata se preguntan si no estamos ante el primer plagio de la historia que copia un texto sesenta años antes de que el original se escriba. De confirmarse, sería otro hecho portentoso que añadir a la cartera del gran inventor (actualmente Terencio Fallacia ha demandado por plagio al cadáver de Nikola Tesla)

 

LA CIENCIA ES UN FRAUDE…DESDE SIEMPRE por Terencio Fallacia

Recientemente, el renombrado investigador Avery Lier ha publicado en la prestigiosa Sociological Science Journal una extensa y pormenorizada revisión sobre el concepto de fraude científico, o más conocido como “scientific misconduct”, término anglosajón empleado para diferenciar la acción fraudulenta de la estricta mala praxis científica. En palabras del propio autor, “cualquier actividad humana en la que tenga cabida la ambición, la egolatría, la envidia, el rencor, el poder y el dinero es susceptible de caer en el engaño más vil y el mundo científico es un cóctel perfecto de todos estos ingredientes”.

Y es que el comportamiento deshonesto en ciencia no es algo nuevo. Para el profesor Felipe Montero de la Universidad de París, es tan antiguo como la propia búsqueda del conocimiento científico. “Es un hecho que Tolomeo plagió y utilizó sesgadamente las observaciones de Hiparco para elaborar su teoría geocéntrica. Aunque para mentirijillas científicas las de la Biblia. Que el Sol se detenga en plena batalla (cap.10. Josué) suena a fraude divino”, ironiza el reconocido historiador.

Pero, a pesar de su aparente diversidad, la conducta maliciosa en ciencia ha sido categorizada en tres tipos: “Es lo que definimos como la  PIF, es decir, o lo Plagio, o lo Invento, o lo Falsifico” señala el Dr. Lier. Falsificaciones algunas tan longevas como el archifamoso “Hombre de Piltdown”, restos fósiles de un cráneo encontrados en 1908 en Sussex y que durante cuarenta y cinco años fueron considerados por la paleoantropología como el eslabón perdido, hasta que se descubrió que eran una burda mezcla de cráneo humano y mandíbula de orangután ”...pero inglés, al fin y al cabo”, puntualiza Lier.

En esta línea, el Dr. Morel de la Universidad de Villings,  considera que “si bien la creatividad es un don muy preciado en ciencia, la capacidad inventiva de muchos investigadores puede llegar a rayar en lo patológico”. Es el caso de R.J. Chandra, experto en nutrición e inmunología, que no dudó en crearse un falso colega que respaldaba todas y cada una de sus - también falsas - investigaciones en un revista especializada de la que casualmente Chandra era editor. En otros casos, este gusto por la alegre generación de conocimiento convierte a muchos investigadores en auténticos superhombres. Es el caso de R. Slutsky, cardiólogo de la Universidad de San Diego que durante el período entre 1983 y 1985 fue capaz de “fabricar” un artículo cada diez días; o el de J.H. Schön, joven físico estrella de los Laboratorios Bell cuyo dominio del “cortapega” le llego a situar en la carrera del Nobel. “Lastima de esfuerzo no dedicado a la investigación de verdad”, reflexiona Erika Berger, editora de la prestigiosa “Science for the Millennium

Pero como el abogado especialista en mala conducta científica, Atticus Finch, destaca en Legal Science Magazine: “A pesar del irreparable daño moral que supone la estafa científica, pocos son los casos en los que el investigador acaba con sus huesos en la cárcel”. Este fue el caso de Eric Poehlman, una autoridad mundial en el campo de la obesidad y del envejecimiento, con más de 200 artículos de referencia y que en 2005 fue condenado a un año entre rejas por haber falseado varios de ellos con el objeto de conseguir fondos. Más radical fue el castigo para el doctor militar James Shaerer, que en 1916 inventó un tipo de radiografía que permitía obtener imágenes de alta calidad de los fragmentos de proyectil en los heridos de guerra, algo de enorme interés para el ejercito. Un consejo de guerra lo condenó a muerte cuando se descubrió que todas eran radiografías convencionales manipuladas por él mismo (finalmente se le conmuto la pena máxima por prisión).

De hecho, históricamente son tantos los casos de picaresca científica que los especialistas no pueden evitar tener sus favoritos. Lier reconoce cierta admiración por J.E.W Keely, inventor en 1872 de un motor capaz de “extraer la energía interatómica del eter”. Aunque nunca desveló sus principios, ni por supuesto llegó a construir semejante máquina, nunca le faltaron inversores, ni tuvo problemas económicos en toda su vida gracias a una serie de “trucadas” demostraciones públicas y a continuas promesas de futuros prototipos. Tampoco le importó especialmente que en 1887 Michelson y Morley demostraran que el eter no existía. “Keely era un crack” - continua Lier -, “lo increíble es que a día de hoy existen empresas que utilizan la misma estrategia, como Steorn y su sistema de energía inagotable ORBO”. Morel se decanta en cambio por el eminente arqueólogo Shinichi Fujimura, que en 2000 hizo reescribir la historia japonesa al ser descubierto por unos reporteros enterrando los restos arqueológicos que a la mañana siguiente su equipo “descubriría”. “No deja de tener algo de poético” – declara Morel -  “es como una especie de Sísifo científico incapaz de escapar de un perverso circulo vicioso creado por él mismo”. Su justificación fue también de lo más poética: “El diablo me obligó a hacerlo”. Por último, Montero recuerda el caso más surrealista de todos, el del investigador dermatológico W. T. Summerlin que incapaz de enfrentarse al fracaso en su aspiración de transplantar injertos de piel negra en ratones blancos ¡no dudo en pintar estos últimos con tinta! Desgraciadamente tras una friega de alcohol desapareció todo rastro del revolucionario transplante.

Lier concluye su estudio con un inquietante dato: lejos de ser casos aislados, un reciente trabajo publicado en la revista Nature asegura que cada año se dan unos dos mil casos de conductas potencialmente maliciosas, aunque la mayoría de los especialistas citados dudan de la credibilidad de dicha revista. “No en vano ha publicado numerosos artículos fraudulentos en el pasado” - remata Lier -.



 

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